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  Voces

   por Celeste Galiano   celesteargentina2005@yahoo.com.ar

 
 

Héctor Clavero

La acrobática vida del Hombre-Circo 

Malabarista, acróbata, payaso, presentador de animales y hoy, maestro de ceremonias, cuenta su historia.

 “Soy nacido y criado en un circo, mi familia es toda de circo” cuenta Héctor Clavero (72) con felicidad, “he hecho de malabarista, acróbata, payaso, presentador de leones, tigres y elefantes y ahora me dedico a la locución y animación de espectáculos y festivales de circo. Estar en el espectáculo rejuvenece”.

“´Al circo lo llevo bien dentro´, define Héctor”.

Pan y circo

Oscuridad. Un foco alumbra a una acróbata aérea sostenida por su talento y el relato pausado de Héctor; la tensión se incrementa. Un niño señala: “Te podés caer”, y la equilibrista forma una bonita figura llena de aire. Los chicos dicen ¡ahh! sonrientes, aliviados. “Los años me favorecen para relatar”, sintetiza Héctor con modestia, “como uno conoce, se adelanta al truco del artista pero no lo revela. He cumplido casi todos los roles y entiendo cuándo va a venir la dificultad, sé cuándo pedir el aplauso. El aplauso es un premio muy especial a lo que el artista está logrando, más allá de que viva de eso. El público presenta varios comportamientos: el que le gusta la función y no lo demuestra, el que te aplaude y se queda para decirte qué lindo... ¡y los papás que vienen sólo por el nene y apenas pueden se van! Lo veo todo desde el escenario”.

P - ¿Los circos se integran usualmente por miembros de una misma familia?

H.C.: - No, cada uno es una empresa distinta como un equipo de fútbol. La carpa es el estadio y el dueño del circo su presidente, su director técnico. Forma el equipo con artistas que tienen su casa propia y acuden a la convocatoria cuando el empresario arma su gira, por ejemplo, durante las vacaciones escolares.

P: - ¿Es un mito, entonces, aquello de la vida bohemia y trashumante?

H.C.: - Claro, el circo requiere disciplina. Cuando hay que precalentar y ensayar - varias horas -  no es momento de jugar. Generalmente se comienza de chiquito durante el primario o secundario. Por decreto, los niños que integran un circo, estén en la provincia que sea, deben ser recibidos por las escuelas locales. Yo comencé grande, a los 15 años, como malabarista. Éramos seis hermanos ¡hijos del dueño!, tres mujeres y tres varones, practicábamos acrobacias. Más tarde fui payaso y después domador, bueno, o en realidad presentador de animales, porque el domador los entrena, cosa que yo no hacía.

P: - ¿Qué le transmitió trabajar, por ejemplo, con un elefante?

H.C.: - Pensar ¿y si este se da cuenta de que es más grandote que yo, qué hago?

Con el sol entre lo ojos

“Me gusta ver esos programas de TV en donde aparecen chicos de escuelas de circo. Pueden andar muy bien y les gusta la práctica del gimnasio pero si les preguntás ¿salimos de gira? no necesariamente les atrae. El circo tradicional es otra cosa, cada uno tiene su casa rodante y el día de viaje es el más atareado”, describe Héctor, preocupado además por el trato que reciben los animales en otros espacios que no son circos, desatendidos por grupos ecológicos, como jineteadas o carreras de caballos.

Héctor se despide; parte hacia otro destino junto al Circo Australiano. “No tomamos el viaje como turismo sino que nuestra meta es llegar e instalarnos. Recorrí Argentina más de 300 veces. ¿Qué si me voy a retirar algún día? Capaz que me sacan de prepo”, bromea, “Agradezco que aquí me contrataran como locutor, a mi edad no es común. Cuando vuelvo a casa me retan porque miro el reloj y digo ´Las 9, ya habrán abierto las puertas. Las 9:30, habrán puesto la música´. Ahora, antes de empezar la función de la noche, en pleno invierno, pienso ´qué hago acá con el frío, cambiándome los zapatos de goma embarrados por otros lindos´. Y cuando subo al escenario aparece el sol de vuelta y ya no hace frío”.

 


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